Se puede admirar el atrevimiento de dar la espalda a su mundo, o sonreír condescendientemente, ante la infantil ingenuidad de quien cree honestamente en la posibilidad de creerse otro. Y al estilo de aquellas mentiras, que evolucionan hacia verdades canónicas, repetirlo tanto hasta serlo de verdad.
Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948), autor de París no se acaba nunca, y Bartleby y compañía, propone una experiencia absurda y catártica a partes iguales en su ultima obra Doctor Pasavento. En ella, el lector es llamado a seguir el proceso, en primera persona, que transcurre desde las divagaciones en torno al escritor suizo Robert Walser (auténtico ídolo del protagonista, quien admira la capacidad de Walser para desdibujarse en sus escritos y el discreto apagamiento de sus últimos días en un hospital psiquiátrico) hasta la puesta en escena de sus obsesiones y manías, fruto de la gran exasperación que le produce la pérdida del anonimato.
Como un niño que juega incansablemente a los disfraces en medio de una constante burla, Vila-Matas satiriza las convenciones de la figura pública que cada individuo utiliza para interactuar con su entorno, el sinsentido del discurso retórico y grandilocuente que acompaña a la celebridad y las piruetas constantemente ejecutadas para mantener la veracidad de la actuación. Es una toma de consciencia acerca del baile de máscaras que a veces es la vida. En este caso, con una reacción que pretende combatir la falsedad del baile, llevada al extremo, como ilustra el siguiente fragmento:
“Durante unos segundos, permanecí callado, irritado. ¡La realidad bailando con la ficción en la frontera! ¿Cuántas veces había oído decir eso? Decidí aceptar la invitación, pero dejando mi impronta personal, soltándole una rareza a quien me había invitado, sólo para que supiera quién estaba al otro lado del teléfono. «Está bien», le dije, «acepto la invitación. Después de todo, llevaba tiempo deseando reunirme con el dottore Pasavento.» Hubo un silencio. «Llevaré mi librea de hogareño», añadí tratando de decir algo aún más raro, y en este caso ya casi totalmente incoherente. «No comprendo», dijo entonces el que había llamado. «Tampoco yo entiendo eso del baile en la frontera», le contesté”.
A través de una cadena de coincidencias y señales de la providencia, el héroe de la historia dibuja su hoja de ruta a lo largo de 390 páginas, durante las cuales se embarca en la exploración de la multiplicidad del yo, como escape a una realidad poco satisfactoria. La contemplación de las virtudes y miserias propias, amplían la exploración a un afán de escapismo y aniquilación de un yo que quiere reinventarse, al estilo de la típica ilusión posmoderna del viaje a parajes remotos para encontrarse con uno mismo, bajo la presunción de que el verdadero yo aflora en el contexto de un entorno ajeno y accesorio. Ese yo que quiere buscarse a sí mismo a través de la inventiva. Al final no se es ni uno ni otro, sino un híbrido a medio cocer entre lo que es uno, lo que se cree que ven los otros, lo que se cree que se proyecta y lo que realmente ven esos otros. Al final se trata de la repulsa del propio sujeto, desgraciado y anodino, que busca el consuelo de la posibilidad de ser sustituido por otro más atractivo y diferente. Más maniático, más excéntrico. Más propio e íntimo por ser más desconocido.
La transformación del protagonista hacia otros personajes, con memorias inventadas o robadas de otros individuos cercanos, transcurre con lentitud pero de forma progresiva en el desarrollo de una obsesión por pasar desapercibido, que contrasta jocosamente con la desesperación por comprobar qué tan buscado es en el transcurso de su acto de desaparición. Las contradicciones internas de la gente tienen un efectivo ejemplo en semejante plan para quien busca desaparecer por medio de acciones muy poco discretas, que más bien apuntan a intentos desesperados por llamar la atención ante la certeza no aceptada de saberse ignorado por todos.
Es un plan no exento de ajetreos y repentinos viajes y cambios, que sin embargo, se ve complementado con la tranquilidad del ritmo pausado de la prosa del autor, que permite mantener la cordura a pesar de ser testigos de la locura o lucidez del protagonista, en una crónica detallada de sus paseos por los extremos posibles de la tragicomedia.
Cualquiera que en algún momento haya rechazado su presente y haya deseado desaparecer y diluirse en otra identidad, puede identificarse con la obra. Todos tenemos algo de mentirosos, ególatras y autocomplacientes. ¿Es tan diferente inventarse memorias nuevas en lugar de maquillar las existentes? Sin necesidad del ansia de rechazo, la supervivencia depende en ocasiones de la efectividad de las propias mentiras creadas para lamernos las heridas. Pocos son capaces de aguantar duras verdades, al menos, no por mucho tiempo. La realidad no es tan benevolente como para permitir la consumación del escape, pero de vez en cuando un Ingravallo o un Pynchon se asoman en el Pasavento que a veces somos todos.



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